Y un día cualquiera llegas a ese
límite en el que no das más, ese momento en el que necesitas encarecidamente un
abrazo estrujador, una caricia plena, un arrumaco sincero, o tal vez un buen
sopapo que ponga en ebullición tu sangre, que te haga sentir vivo. Y
arrastrando los jirones de tu piel al vaivén errático de tus
pasos, resignas el poco orgullo que te queda, y lo vas a buscar ahí donde estás convencido que
es el único lugar donde puedes encontrar tal estímulo. Y no, resulta que allí donde
pensabas que te recibirían con naranjas te tiran limones, o quizá ni siquiera
eso, simplemente te ignoran. Y entonces, después de masticar la consecuente
bronca, mezcla de impotencia y desilusión, que no te deja tragar ni un cacho de
saliva sin que te duela el alma, te pones seriamente a pensar. Y llegas a una conclusión
relevante, y esto es, que siempre será mejor arreglártelas solo, que sí es
posible darte un fuerte abrazo que te calme, o un pellizco que te despeje la modorra, que está
a tu alcance obsequiarte los más cálidos afectos o regalarte esos rejuvenecedores
halagos que te hacen tanto bien. Solo hace falta que te quieras un poco más.